El Corsario Negro
El Corsario Negro Al llegar los filibusteros detrás de los árboles que rodeaban el campamento indio, se ofreció a sus ojos una escena aterradora.
Sentados en derredor de una hoguera gigantesca, dos docenas de arawakos esperaban ansiosos el momento de llenarse la panza con un asado que estaba concluyendo de hacerse en un larguísimo asador. Si se hubiera tratado de un enorme trozo de animal salvaje, de un tapir entero o de un jaguar, no se hubieran inquietado los filibusteros; pero aquel asado consistía en dos cadáveres humanos, en dos hombres blancos; probablemente dos españoles de la escolta de Wan Guld.
Ambos desgraciados, allí expuestos a la lumbre para después ser devorados por aquellos abominables salvajes, estaban ya asados, y sus carnes comenzaban a crepitar, despidiendo un olor nauseabundo que hacía dilatarse las narices de los monstruosos comensales.
—¡Rayos del Infierno! —exclamó Carmaux estremeciéndose—. ¡Parece imposible que haya seres humanos que se alimenten con sus semejantes! ¡Puah! ¡Qué asco!
—¿Puedes reconocer a esos dos desgraciados? —preguntó el Corsario al catalán.
—¡Sí, señor! —contestó este con voz ahogada.
—¿Pertenecen a la escolta de Wan Guld?