El Corsario Negro
El Corsario Negro —SÃ; son dos soldados. Tengo la seguridad de no equivocarme, aun cuando el fuego les haya quemado las barbas.
—¿Qué me aconsejas que haga?
—Señor… —murmuro el catalán mirándole con ojos suplicantes.
—¿QuerrÃas quitárselos a esos monstruos para darles honrosa sepultura?
—Se crearÃa usted una situación peligrosa, señor. Los arawakos nos darÃan caza después.
—¡Bah! ¡No les temo a esos salvajes! —dijo el Corsario—. ¡Además, no son más que dos docenas!
—Es probable que esperen a los otros. Me parece imposible que esos solos sean capaces de comerse dos hombres.
—Pues bueno; antes de que lleguen sus compañeros, ya nosotros habremos dado sepultura a tus camaradas. ¡Eh, Carmaux, y tú Wan Stiller, que sois hábiles tiradores; vamos a ver si no falláis los tiros!
—¡Yo tumbaré a aquel gigante que echa hierbas aromáticas sobre el asado! —contestó Carmaux.
—¡Y yo —dijo el hamburgués—, atravesaré la cabeza al que tiene en la mano aquella especie de horquilla, con la cual da vueltas a los cadáveres que se asan!
—¡Fuego! —mandó el Corsario.