El Corsario Negro
El Corsario Negro Resonaron dos tiros, rompiendo de improviso el silencio que en aquel momento imperaba en el bosque. El indio gigante cayó sobre el asado, y el que blandÃa la horquilla se desplomó hacia atrás con el cráneo hecho trizas.
Sus compañeros se pusieron en pie precipitadamente, con las mazas y los arcos en la mano; pero estaban tan aturdidos con aquella descarga inesperada y mortal, que por el momento no pensaron en tomar la ofensiva. El catalán y Moko aprovecharon aquel instante para descargar sus arcabuces sobre el grupo.
Al ver caer a otros dos compañeros, los arawakos no quisieron saber más y se dieron a la fuga sin cuidarse del asado, poniéndose en salvo a escape en medio de la espesura.
Iban los filibusteros a precipitarse tras ellos, cuando en lontananza se oyeron furibundas exclamaciones.
—¡Mil tiburones! —exclamó Carmaux—. ¡Los otros se disponen a volver!
—¡Pronto! —gritó el Corsario—. ¡Arrojad los cadáveres en medio de cualquier mata, si os falta tiempo para sepultarlos! ¡Después pensaremos en eso!
—Los delatará el olor de carne quemada —dijo Wan Stiller.
—¡Haremos lo que se pueda!