El Corsario Negro
El Corsario Negro El catalán se habÃa lanzado hacia la hoguera, y de un vigoroso tirón volcó el asador, en tanto que Wan Stiller, a fuerza de furibundos puntapiés, dispersaba los tizones.
Por su parte, Moko y Carmaux, habiéndose apoderado de dos mazas, que, como ya se ha dicho, tenÃan grandes puntas, socavaban un gran agujero en la tierra húmeda y blanda de la floresta, y el Corsario se puso de centinela en la linde de la espesura.
Los gritos de los indios se acercaban rápidamente.
La tribu, que debÃa de haberse lanzado en persecución de Wan Guld, al oÃr resonar a sus espaldas aquellos disparos, corrió en socorro de los hombres que quedaban encargados de preparar la monstruosa cena.
El Corsario, que se habÃa adelantado temiendo una sorpresa por parte de los que huyeron, al oÃr que se quebraban ramas a corta distancia, volvió hacia atrás a toda prisa, y dijo a sus compañeros:
—¡Huyamos o, si no, dentro de cinco minutos tendremos encima a la tribu en pleno!
—¡Esto está hecho, Comandante! —dijo Carmaux, que empujaba con los pies la tierra para concluir de tapar ambos cadáveres.
—¡Señor —dijo el catalán volviéndose hacia el Corsario—, si huimos, nos perseguirán!
—¿Y qué es lo que quieres hacer?