El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Escondernos allá arriba! —contestó señalándole un árbol enorme que por sà solo formaba un pequeño bosque—. ¡En medio de aquella espesura no nos descubrirán!
—¡Eres listo, compadre! —dijo Carmaux—. ¡Arriba los gavieros!
Precedidos por Moko, el catalán y los filibusteros se dirigÃan hacia aquel coloso de la flora tropical, ayudándose unos a los otros para encaramarse pronto a las ramas.
Aquel árbol era un summameira (eriodendron summauma), uno de los mayores entre los que crecen en los bosques de la Guayana y de Venezuela; tienen multitud de ramas muy largas, nudosas, cubiertas de una corteza blanquecina y de hojas muy espesas. Como a este árbol lo sostiene un gran número de troncos más pequeños formados por raÃces adventicias, los filibusteros alcanzaron sin gran dificultad las primeras ramas, y de allà subieron a más de cincuenta metros del suelo. Estaba Carmaux acomodándose en la bifurcación de una rama, cuando vio que oscilaba de un modo bastante violento, como si alguien hubiera ido a refugiarse en el otro extremo.
—¿Eres tú, Wan Stiller? —pregunto—. ¿Quieres hacerme caer? ¡Te advierto que estamos tan altos que si me caigo me rompo los huesos!