El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Silencio! —dijo el Corsario—. ¡Ya vienen!

—¿Y ese animal que está tan cerca de mí? —dijo Carmaux que principiaba a inquietarse.

—Quizás no se atreva a acometerte. ¡No te muevas, que van a descubrirnos!

—¡Pues bien; me dejaré devorar, con tal de salvar a usted, Comandante!

—¡No te inquietes, Carmaux! ¡Tengo la espada en la mano!

—¡Chito! ¡Ahí están! —dijo el español.

Los indios llegaban gritando como locos. Serían unos ochenta, o quizás más, todos armados con mazas, arcos y una especie de jabalinas.

Se lanzaron como una bandada de fieras en el espacio descubierto donde concluían de quemarse los tizones que había dispersado Wan Stiller; pero cuando, en lugar de los dos hombres blancos que ya creían asados, vieron los cadáveres de sus compañeros, empezaron a gritar rabiosamente ante tan inesperado descubrimiento.

Vociferaban como endemoniados, y golpeaban con furia el tronco de los árboles con sus formidables mazas, produciendo un ruido tremendo. No sabiendo contra quién emprenderla, lanzaban flechas en todas direcciones, asaeteando la maleza y las grandes hojas de las palmeras, con peligro de los filibusteros, que tan cerca estaban.


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