El Corsario Negro
El Corsario Negro Desahogado el primer acceso de cólera, comenzaron a dispersarse para registrar los alrededores, con la esperanza de descubrir a los matadores de sus compañeros y de regalarse con un nuevo asado que compensara el que de modo tan misterioso había desaparecido.
Escondidos entre el follaje del summameira, los filibusteros no respiraban, y dejaban que los antropófagos desfogasen la ira. En cambio, los preocupaba el maldito animal que con tan mal acuerdo había ido a buscar un refugio en las ramas del gigantesco árbol; sobre todo Carmaux, que lo tenía tan cerca y que veía brillar entre las hojas, siempre fijos en él, aquellos ojos amarillo verdosos.
Aquel puma, o jaguar, o lo que fuese, no se había movido hasta entonces; pero no había que confiar, pues de un momento a otro podía lanzarse sobre el desgraciado filibustero, llamando de ese modo la atención de los indios.
—¡Condenado animal! —murmuró Carmaux, que se agitaba en la rama—. ¡No me quita los ojos un solo instante! ¡Eh, catalán, dime a qué barriga voy a parar si se decide a saltar sobre mí!
—¡Cállate o nos oirán los indios! —respondió el catalán, que estaba más abajo que él.