El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡También podÃa haberse ido al demonio el asado humano! ¡Hubiera sido mejor dejar que se lo comiesen en paz esos salvajes! ¡En la sepultura tampoco podrán masticar tabaco ni chuletas! ¡Si después!…
Un crujido que partió de la extremidad de la rama le cortó la palabra. Miró con ojos espantados al animal, y le vio moverse como si comenzara a cansarse de su no muy cómoda posición.
—¡Capitán —murmuró Carmaux—, creo que se dispone a merendarme!
—¡No te muevas! —respondió el Corsario—. ¡Ya te he dicho que tengo la espada en la mano!
—¡Estoy seguro de que no marrará la estocada, pero…!
—¡Chitón! ¡Ahà veo a dos indios rondando debajo de nosotros!
—¡De qué buena gana les tirarÃa encima este maldito animal!
Miró hacia el extremo de la rama y vio a la fiera erguida, como si se dispusiera a dar un salto.
—¿Irá a marcharse? —pensó respirando—. ¡Ya es hora de que deje ese sitio!
Miró hacia abajo y vio confusamente dos hombres que daban vueltas en derredor del árbol, deteniéndose a registrar las arcadas de raÃces que formaban la base del tronco, bajo las cuales podÃan ocultarse varias personas.