El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Canalla! —exclamó cogiéndole por la cola y echándole al hombro—. ¡Si hubiera sabido antes que eras tan pequeño, te hubiera dado tal puntapié, que te hubiese hecho ir por los aires! Pero ¡bah!, me vengaré asándole y comiéndomelo.

—¡Apresurémonos! —dijo el Corsario—. ¡Esos salvajes nos han hecho perder demasiado tiempo!

El catalán consultó la brújula, y en seguida se puso en marcha abriéndose paso por entre las lianas, las raíces y la maleza.

La floresta seguía siendo muy espesa, compuesta en su mayor parte por palmeras miritas, cuyo enorme tronco estaba erizado de agudas espinas que desgarraban las ropas de los filibusteros y de cecropias, por otro nombre árbol candelabro.

De cuando en cuando se veía también alguna que otra magnífica manicaria, de hojas rígidas como si fuesen de zinc y de una longitud de diez y aun de once metros, apretadas, rectas y dentelladas como una sierra, y pupumbes, otro género de palmeras que producen racimos de excelente fruta.


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