El Corsario Negro
El Corsario Negro En cambio, escaseaban los pájaros, y no se veía ni un mono para un remedio. Cuando más, lograba atisbarse alguna pareja de papagayos de plumas de varios colores, o algún tucán solitario, de pico rojo y amarillo, cubierto el pecho con una lanilla muy fina de color rojo de fuego, o se oía el pito de un tonagra, lindo pájaro de plumas azules y con el vientre anaranjado.
Al cabo de tres horas de marcha forzada sin haber encontrado rastro de hombres, vieron los filibusteros que la selva comenzaba a cambiar de aspecto. Las palmeras, que eran de menor número, dejaban el puesto a las panzudas ariartras, plantas que gustan del agua, a bosquecillos de madera de cañón; a bombas, árboles de madera porosa, blanda y blanca, que semejan un queso, por lo cual se les conoce con el nombre de queseros; a grupos de otros arbustos que producen frutas jugosas que saben a trementina, o a grandes grupos de orquídeas y de otras varias plantas, como las aroídeas, cuyas raíces aéreas caen perpendicularmente, y a matas de soberbias bromelías, con las ramas cargadas de flores de color de la escarlata.
El terreno, enjuto hasta entonces, se impregnaba rápidamente de agua, y el aire se saturaba de humedad. La selva seca se convertía en húmeda, haciéndose más peligrosa, porque bajo aquellas plantas se oculta la fiebre de los bosques; fiebre fatal aún para los mismos indios que llevan largos años de aclimatación.