El Corsario Negro
El Corsario Negro Un profundo silencio reinaba bajo aquellos árboles, como si tanta humedad hubiese puesto en fuga a aves y cuadrúpedos. No se oÃa ni el grito de un mono, ni el canto de un pájaro, ni el rugido de un puma, ni el maullido de un jaguar.
TenÃa algo de triste aquel silencio, algo de pavoroso, que producÃa extraña impresión en los ánimos fuertes de los filibusteros de las Tortugas.
—¡Por mil tiburones! —exclamó Carmaux—. ¡No parece sino que vamos atravesando un inmenso cementerio!
—¡Pero un cementerio lagunoso! —añadió Wan Stiller—. ¡Siento que esta humedad me penetra hasta los huesos!
—¿Será el principio de un ataque de fiebre palúdica?
—¡No nos faltarÃa otra cosa! —dijo el catalán—. ¡A quien le dé, no sale vivo de esta selva!
—¡Bah! ¡Tengo duro el pellejo! —contestó el hamburgués—. ¡Ya me han acosado las marismas de Yucatán, y tú sabes que producen la fiebre amarilla! ¡No es la fiebre la que me da miedo, sino la falta de caza!
—Especialmente ahora, que estamos tan escasos de vÃveres —añadió el africano.
—¡Eh, compadre Saco de carbón! —exclamó Carmaux—. ¿Te has olvidado de mi gato? ¡Pues abulta bastante!