El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Ante una cabaña de ramas entretejidas, y cuyo techo estaba cubierto de grandes hojas de palma, cabaña que casi ocultaba una enorme cujera, hallábase sentado un negro de hercúleas formas. Era uno de los más bellos ejemplares de la raza africana, pues tenía elevada estatura, anchas y robustas espaldas, pecho amplio, y brazos y piernas musculosos, que debían desarrollar una fuerza enorme.

Su rostro, aun cuando de labios gruesos, nariz ancha y pómulos salientes, no era feo; había en él cierta cosa de bueno, de ingenuo, de infantil, sin que se vislumbrase la menor traza de la expresión de ferocidad que se observa en muchas razas africanas.

Sentado en un tronco de árbol tocaba una flauta, hecha con una caña delgadita de bambú, arrancando del rústico instrumento dulces y prolongados sonidos, que producían una sensación extraña de molicie, mientras que ante él se deslizaban dulcemente ocho o diez de los más peligrosos reptiles de la América meridional.





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