El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario saltó al agua a escape, llevando consigo los arcabuces, y se metió en seguida entre los primeros árboles para resguardarse de la descarga que temía. Carmaux y Wan Stiller, al ver brillar una mecha en la proa del buque, se dejaron caer detrás de la chalupa y se tendieron en la arena.

Aquella estratagema los salvó, porque un momento después otra nube de metralla barrió la playa, destrozando la maleza y las hojas de las palmeras, y una bala de tres libras, disparada por una pieza pequeña de artillería que iba en lo alto de la cámara, hizo pedazos la proa de la chalupa.

—¡Aprovechad este momento! —gritó el Corsario.

Los filibusteros, que habían escapado milagrosamente de aquella doble descarga, remontaron a toda prisa la playa, y se metieron en medio de los árboles, al tiempo que los saludaban con media docena de tiros de arcabuz.

—¿Estáis heridos, mis valientes? —preguntó el Corsario.

—¡Estos no son filibusteros y tienen mala puntería! —dijo Carmaux.

—¡Seguidme, sin perder momento!

Los tres hombres, sin preocuparse de los disparos de los marineros de las chalupas, se metieron rápidamente bajo el tupido ramaje de los árboles buscando un refugio.


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