El Corsario Negro
El Corsario Negro —Será preciso que nos atrincheremos.
—¿Y quién nos lo va a impedir? Hasta que salga el Sol, tenemos cuatro horas de tiempo.
—¡Truenos! ¡Wan Stiller, amigo mÃo, no hay que perder ni un minuto! Apenas salga el Sol, los españoles vendrán, seguramente, a arrojarnos de aquÃ.
—¡Yo ya estoy dispuesto! —contestó el hamburgués.
—¡Mientras usted vigila, Capitán, levantaremos unas trincheras que pondrán a dura prueba las manos y los lomos de nuestros adversarios! ¡Vamos, hamburgués!
La cima del monte estaba cubierta de grandes pedruscos desgajados, seguramente, de una gran roca que se erguÃa en el punto más elevado, a guisa de observatorio. Los dos filibusteros rodearon los pedruscos mayores para formar como una especie de trinchera circular, baja, pero suficiente para resguardar a un hombre tendido o arrodillado. Labor tan fatigosa duró dos horas; pero los resultados fueron magnÃficos, porque detrás de aquella especie de pequeño, pero macizo muro, podÃan resistir largamente los filibusteros, sin miedo a que los tocasen las balas de sus adversarios.