El Corsario Negro
El Corsario Negro Sin embargo, todavÃa no estaban satisfechos Carmaux y Wan Stiller. Si aquel obstáculo parecÃa suficiente para defenderlos, era incapaz de impedir un asalto repentino. AsÃ, pues, para lograr por completo su intento descendieron al bosque e improvisando con algunas ramas una especie de angarilla, transportaron en ella hasta la cumbre del monte grandes haces de plantas espinosas, con las cuales formaron una muralla peligrosa para los enemigos.
—¡He aquà una fortaleza que, aun cuando pequeña, dará qué hacer a Wan Guld, si quiere venir a cogernos! —dijo Carmaux frotándose las manos alegremente.
—Pero falta una cosa preciosa para una guarnición, aun cuando sea poco numerosa —hizo notar el hamburgués.
—¿Qué cosa?
—¡Ay! ¡Aquà no tenemos la despensa del notario de Maracaibo, amigo Carmaux!
—¡Mil rayos! ¡Me habÃa olvidado de que no tenemos ni siquiera un bizcocho que roer!
—Y, como ya podrás suponer, nosotros no podemos convertir estas piedras en otros tantos panecillos.
—¡Amigo Wan Stiller, recorramos el bosque dando una batida! ¡Si los españoles nos dejan tranquilos, iremos en busca de provisiones!