El Corsario Negro
El Corsario Negro Levantó la cabeza hacia la roca donde se habÃa puesto en observación el Corsario para vigilar los movimientos de los españoles, y le preguntó:
—¿Se mueven, Capitán?
—TodavÃa no.
—Entonces, aprovecharemos este tiempo para ir de caza.
—¡Pues idos; yo vigilaré!
—En caso de peligro, nos avisa por medio de un tiro de arcabuz.
—¡Convenido!
—¡Vamos, Wan Stiller! —dijo Carmaux—. ¡Le daremos un avance a los árboles, procuraremos matar alguna pieza!
Los filibusteros cogieron la angarilla que les habÃa servido para transportar los espinos, y se metieron en la espesura.
Su ausencia se prolongó hasta el amanecer; pero volvieron cargados como mozos de cuerda. HabÃan encontrado un pedazo de tierra rotuda, quizás por algún indio de las riberas vecinas, y saquearon los árboles frutales que allà crecÃan. Llevaban cocos, naranjas, dátiles que podÃan sustituir al pan, y una gran tortuga que sorprendieron en la orilla de una laguna. Economizando las provisiones, tenÃan vÃveres para cuatro dÃas por lo menos.