El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Además de la fruta y de la tortuga hicieron un descubrimiento importante que podía serles de gran ayuda para poner fuera de combate a los enemigos durante cierto tiempo.

—¡Ah! —exclamó Carmaux, que parecía poseído de una gran alegría—. ¡Querido hamburgués! Si al Gobernador y a sus marineros se les ocurre ponernos un cerco regular, los obligaremos a hacer muecas y contorsiones, de las más desagradables que imaginarse puedan! ¡Vive Dios! En estos climas acomete en seguida la sed, y de seguro que para aplacarla no han de ir a beber a la carabela, ni traerán tampoco barriles de agua. ¡Ah! ¡Los indios son unos tunos! ¡El nikú hará milagros!

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Wan Stiller—. ¡Porque yo no tengo mucha confianza!

—¡Truenos! Lo he experimentado yo mismo; y si no reventé con los dolores, fue por un verdadero milagro.

—¿Y vendrán a beber ahí los españoles?

—¿Has visto algún otro lago en estas cercanías?

—No, Carmaux.

—Pues entonces, no tendrán otro remedio que beber en el que nosotros hemos descubierto.

—Tengo curiosidad por ver los efectos que produce tu nikú.

—Ya te ofreceré ese espectáculo a su debido tiempo; verás a una porción de hombres acometidos por terribles dolores de vientre.


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