El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Cogieron los arcabuces, descendieron de la colina, y se metieron en medio de los bosques de cedros, palmeras, simarubas y algodoneros, abriéndose paso a través de millares de lianas.

Así bajaron como cosa de unos cuarenta metros, haciendo huir con su presencia a bandadas de monos rojos, y en seguida llegaron al que llamaban pomposamente pequeño lago, cuando no era más que un simple estanque que tendría una circunferencia de unos trescientos pasos.

Parecía un depósito natural, poco profundo y lleno de una porción de plantas acuáticas, especialmente de mucumucús, que formaban verdaderos bosques.

Carmaux hizo notar al Corsario que en las orillas del estanque crecían ciertas ramas sarmentosas de corteza obscura que se parecían a las lianas. Las había en extraordinario número enroscadas unas a otras como si fueran serpientes o plantas de pimienta privadas de sostén.

—¡He aquí unos vegetales que proporcionarán a los españoles terribles cólicos! —dijo el filibustero.

—¿Y cómo va a ser eso? —preguntó con ansiedad el Corsario.

—¡Ya lo verá usted, Capitán!


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