El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Ni una ni otra cosa, Capitán! Se trata, sencillamente, de hacer rodar estos peñascos a través de los bosques. La pendiente es muy rápida, y estos gigantescos proyectiles seguramente no han de quedarse en la mitad del camino.

—La idea me parece bien, y la pondremos por obra en el momento oportuno. Ahora, mis valientes, dividámonos, y vigilemos cada uno por nuestra parte. Tened cuidado de alejaros de la roca, si no queréis que os salte a la cabeza algún fragmento.

—¡He tenido bastante con los que me han caído sobre las costillas! —dijo Carmaux metiéndose en el bolsillo un par de mangos (fruta americana). ¡Vamos a asomarnos para ver qué es lo que hacen esos insoportables aguafiestas; les aseguro que han de pagar caras mis rayas!

Se separaron, y fueron a emboscarse detrás de las últimas matas, que rodeaban la cumbre, para esperar al enemigo y romper el fuego.

Los marineros de la carabela, estimulados quizás con la esperanza de alguna grata recompensa del Gobernador, treparon animosamente por los costados de la montaña abriéndose paso a través de la espesísima maleza. Todavía no podían verlos los filibusteros, pero les oían hablar y cortar las lianas o las raíces que interceptaban el paso.


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