El Corsario Negro
El Corsario Negro Al parecer, subÃan solamente por dos lados, con objeto de ser muchos y hacer frente a cualquier sorpresa. Un pelotón debÃa de haber rodeado ya el estanque; el otro, en cambio, parecÃa haber tomado por un vallecillo muy profundo que estaba cerca.
Cierto ya el Corsario de la dirección que ambos llevaban, decidió poner en práctica inmediatamente el proyecto de Carmaux para rechazar a los que se encontraban metidos en aquella estrecha garganta.
—¡Venid, mis valientes! —dijo a sus dos compañeros—. ¡Ahora preocupémonos de las fuerzas que nos amenazan por la espalda; después ya pensaremos en los que han tomado el camino del lago!
—¡En cuanto a esos, espero que se encargará el nikú de ponerlos fuera de combate! —dijo Carmaux—. ¡Con tal que tengan un poco de sed, los veremos huir apretándose el vientre!
—¿Hay que comenzar el bombardeo? —preguntó el hamburgués haciendo rodar un pedrusco de más de medio quintal.
—¡TÃralo! —contestó el Corsario.
Los dos filibusteros no se hicieron repetir la orden, y empujaron hacia el borde con celeridad prodigiosa una docena de grandes pedruscos, procurando que tomasen la dirección del vallecito.