El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Aquel formidable aluvión se despeñó a través del bosque produciendo el fragor de un huracán, botando, saltando, destrozando a su paso los árboles y aplastando la maleza.

No habían transcurrido cinco segundos, cuando en el fondo del vallecillo se oyeron resonar de improviso, gritos de espanto, y en seguida, algunos disparos de fusil.

—¡Eh! ¡Eh! —exclamó Carmaux con voz de triunfo—. ¡A lo que parece, he cogido a alguien!

—¡Allá abajo veo descender precipitadamente varios hombres! —dijo Wan Stiller, que se había encaramado sobre una roca.

—¡Creo que ya tienen bastante!

—¡Otra descarga, hamburgués!

—¡Vamos allá, Carmaux!

Por los bordes de la cumbre cayeron una tras otra diez o doce enormes piedras. Aquella segunda tanda de proyectiles produjo en el vallecillo los mismos estragos y el mismo ruido que la primera.

Los marineros de la carabela treparon por los declives del valle, procurando evitar que los aplastase aquella tempestad de peñascos. Al cabo desaparecieron apresuradamente debajo de los árboles.

—¡Esos ya no nos importunarán por el momento! —dijo Carmaux frotándose las manos con alegría—. ¡Ya se han llevado lo suyo!


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