El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Ahora, a los otros! —dijo el Corsario.
—¡Si es que no han atrapado unos cuantos cólicos! —dijo Wan Stiller—. ¡No se ve subir a ninguno!
—¡Callad!
El Corsario fue hacia el borde de la explanada que coronaba la cima del monte, y escuchó durante algunos minutos.
—¿Nada? —preguntó con impaciencia Carmaux.
—¡No se oye rumor alguno! —respondió el Corsario.
—¿Habrán bebido el nikú?
—O avanzarán arrastrándose como serpientes —dijo Wan Stiller—. ¡Tengamos cuidado, no nos abrasen con una descarga a quemarropa!
—Quizás se hayan detenido por miedo a que los aplastemos con nuestra artillerÃa —dijo Carmaux—. ¡Estos cañones son más peligrosos que los de la carabela y, además, más económicos!
—¡Prueba a disparar al medio de aquellas plantas! —dijo el Corsario volviéndose hacia el hamburgués—. ¡Si contestan, ya sabremos cómo hemos de arreglarnos!
Wan Stiller se dirigió hacia el borde de la explanada, se acurrucó detrás de una mata, y disparó un tiro al centro de la floresta.