El Corsario Negro
El Corsario Negro La detonación repercutió largamente bajo los árboles, pero sin éxito. Los tres filibusteros esperaron durante algunos minutos, aguzando el oÃdo y escudriñando minuciosamente la espesura; después hicieron una descarga general apuntando a diversos sitios.
Tampoco esta vez contestó nadie ni se oyó grito alguno. ¿Qué le habÃa sucedido al segundo pelotón, al cual habÃan visto subir costeando el lago?
—¡Me gustarÃa más oÃr una descarga furiosa! —dijo Carmaux—. Este silencio me preocupa, y me hace temer alguna sorpresa de mal género. ¿Qué hacemos, Capitán?
—¡Descendamos, Carmaux! —respondió el Corsario, que parecÃa inquieto.
—¿Y si están emboscados los españoles y aprovechan la ocasión para tomar por asalto nuestro campamento?
—Permanecerá aquà Wan Stiller. Quiero saber qué es lo que hacen nuestros enemigos.
—¿Quiere usted saberlo, Capitán? —dijo el hamburgués, que se habÃa adelantado.
—¿Los ves?
—Distingo a siete u ocho que se debaten como si deliraran o estuvieran locos.
—¿Dónde?
—Allá abajo, cerca del estanque.