El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Ja… ja…! —exclamó Carmaux riendo—. ¡Se han regalado con el nikú! ¡No vendrÃa mal enviarles algún calmante!
—En forma de bala; ¿verdad? —preguntó Wan Stiller.
—¡No; déjalos tranquilos! —dijo el Corsario—. Reservemos las municiones para el momento decisivo. Además, es inútil matar a gentes que no pueden hacernos daño. Ya que el primer ataque les ha resultado mal, aprovechemos esta tregua para reforzar nuestro campamento. Nuestra seguridad está en la resistencia.
—También nos aprovecharemos de la tregua para comer —dijo Carmaux—. TodavÃa tenemos la tortuga, un piraja y un pemecrú.
—Economicemos las provisiones, Carmaux. El sitio puede prolongarse un par de semanas, o quizá más. No sabemos el tiempo que se detendrá todavÃa el Olonés en Maracaibo. Por ahora no podemos contar con él para salir de la grave situación que nos amenaza.
—Nos contentaremos con el piraja, señor.
—¡Vaya por el piraja!
Mientras el marinero volvÃa a encender el fuego, ayudado por el hamburgués, el Corsario trepó por la roca para ver lo que sucedÃa en las playas del islote.