El Corsario Negro
El Corsario Negro Ya habÃan descendido como unos trescientos metros, cuando Carmaux, que iba delante, se detuvo de pronto y se escondió detrás del tronco de un árbol.
—¿Qué tienes? —le preguntó en voz muy baja el Corsario, que se habÃa reunido con él.
—¡He oÃdo romperse una rama! —murmuró el marinero muy quedo.
—¿Cerca de nosotros?
—A muy corta distancia.
—¿Habrá sido algún animal?
—No lo sé.
—¿O será algún centinela?
—La obscuridad es demasiado grande para poder ver nada, Capitán.
—¡Detengámonos aquà unos minutos!
Al cabo de algunos instantes de angustiosa expectación oyeron hablar muy bajo a dos personas.
—¡Ya se acerca la hora! —decÃa una voz.
—¿Están dispuestos todos? —preguntaba la otra.
—Es probable que ya hayan salido de los campamentos, Diego.
—Pero todavÃa veo brillar las hogueras.
—No se pueden apagar para hacer creer a los filibusteros que no tenemos intención de movernos.
—¡Es sagaz el Gobernador!
—¡Es un hombre de guerra, Diego!
—¿Crees que lograremos prenderlos?