El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Los sorprenderemos, te lo aseguro!
—¡Pero se defenderán desesperadamente! ¡El Corsario Negro vale él solo por veinte hombres!
—Pero nosotros somos sesenta, y, además, el Conde es una espada formidable.
—¡Esto no es suficiente para ese endiablado Corsario! ¡Me parece que muchos de nosotros iremos al otro mundo!
—Pero los que sobrevivan tendrán su holgorio. ¡Con diez mil piastras, ya hay para comer y beber!
—¡Una bonita cantidad a fe mÃa, Sebastián! ¡Caray! ¡El Gobernador quiere cogerle, vivo o muerto!
—¡No, Diego; le quiere vivo!
—¿Para ahorcarle después?
—De eso no hay que dudar. ¡Eh! ¿Has oÃdo, Diego?
—SÃ, se han puesto en movimiento nuestros compañeros.
—¡Pues adelante nosotros también! ¡Las diez mil piastras están allá arriba!
El Corsario Negro y sus dos acompañantes no se habÃan movido. Confundidos entre las hierbas, las raÃces y las lianas, conservaban una absoluta inmovilidad; pero tenÃan levantados los fusiles, dispuestos a descargarlos en caso de peligro.