El Corsario Negro
El Corsario Negro Aguzando la vista vieron confusamente cómo los marineros avanzaban con lentitud apartando las ramas y hojas con precaución para abrirse paso. Ya se habÃan alejado unos cuantos metros, cuando uno de los dos se detuvo diciendo:
—Tú, Diego, ¿no has oÃdo nada?
—No, camarada.
—A mà me pareció oÃr un suspiro.
—¡Bah! ¡Habrá sido algún insecto!
—¡O alguna serpiente!
—¡Razón de más para que nos alejemos! Ven camarada; yo no quiero ser de los últimos en tomar parte en la lucha.
Después de este breve diálogo continuaron ambos marineros la marcha, y desaparecieron bajo la negra obscuridad que reinaba en el bosque.
TodavÃa estuvieron los tres filibusteros esperando durante unos minutos, por el temor de que volvieran atrás o se detuviesen cerca. Al fin el Corsario se incorporó sobre las rodillas y miró en derredor de sÃ.
—¡Truenos! —murmuró Carmaux respirando libremente—. ¡Comienzo a creer que nos protege la fortuna!
—¡Yo ya no daba una piastra por nuestro pellejo! —dijo Wan Stiller—. ¡Uno de esos pasó tan cerca de mÃ, que por poco me pisa!