El Corsario Negro
El Corsario Negro Ante ellos, y medio varada en el extremo de un pequeño promontorio, estaba una de las cuatro chalupas. ComponÃan su tripulación dos hombres solamente, los cuales habÃan saltado a tierra y dormÃan al lado de una hoguera medio apagada; tan seguros estaban de que no los molestarÃa nadie, sabiendo que rodeaban la colina los marineros de la carabela y que los filibusteros se hallaban sitiados en la cumbre.
—¡La cosa me parece que será fácil! —murmuró el Corsario—. Si esos no se despiertan, tomaremos el lago sin producir alarmas, y podremos llegar a la boca del Catatumbo.
—¿Tendremos que matar a esos dos marineros? —preguntó Carmaux.
—No es preciso —respondió el Corsario—. No nos incomodarán; por lo menos, eso supongo.
—¿Y dónde están las otras chalupas? —preguntó el hamburgués.
—Veo a una varada a quinientos pasos de nosotros, cerca de aquel escollo —contestó Carmaux.
—¡Pronto, embarquémonos! —dijo el Corsario—. ¡Dentro de unos minutos los españoles se habrán dado cuenta de nuestra huida!