El Corsario Negro
El Corsario Negro Se aventuraron por encima del promontorio, y pasaron de puntillas al lado de los dos marineros, que roncaban plácidamente. Con un ligero esfuerzo empujaron hasta el agua la chalupa, saltaron dentro y empuñaron los remos.
Habíanse alejado unos cincuenta o sesenta pasos, y comenzaban ya a tener la esperanza de internarse en mar abierto sin contratiempo alguno, cuando de improviso retumbaron en la cima del monte varias descargas, seguidas de algunos gritos. Al llegar a la última explanada los españoles debían de haberse lanzado al asalto del pequeño campamento, convencidos de que iban a coger a los tres filibusteros.
Al oír aquellas descargas en lo alto de la montaña se despertaron bruscamente ambos marineros; y viendo que se había alejado la chalupa y que iban algunos hombres en ella, se dirigieron corriendo hacia la playa con los fusiles en la mano y gritando:
—¡Alto! ¿Quién sois?
En lugar de responder, Carmaux y Wan Stiller inclináronse sobre los remos y arrancaron con furia.
—¡A las armas! —vocearon los marineros, que, aun cuando demasiado tarde, se habían dado cuenta de la fuga de los filibusteros.
Resonaron dos tiros.