El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Que el diablo os lleve! —gritó Carmaux, pues una bala le rompió el remo a unas tres pulgadas solamente de la borda de la lancha.

—¡Coge otro remo, Carmaux! —dijo el Corsario.

—¡Relámpagos! —gritó Wan Stiller.

—¿Qué sucede?

—¡Que la chalupa que estaba varada en el escollo viene dándonos caza, Capitán!

—¡Ocupaos vosotros en remar, y dejadme a mí el cuidado de detenerla a distancia a fuerza de balas! —dijo el Corsario.

En la cumbre del monte seguían resonando los disparos. Probablemente, al encontrarse los españoles ante aquella doble trinchera de pedruscos y de espinos, debían de haberse detenido por miedo a un lazo o a una sorpresa.

Bajo el empuje de los cuatro remos, manejados vigorosamente por los dos filibusteros, la chalupa se alejaba con rapidez de la isla, dirigiéndose hacia la boca del Catatumbo. La distancia era considerable; pero si los hombres que quedaron de guardia en la carabela no se hubieran dado cuenta de lo que sucedía en la playa meridional del monte, cabía la posibilidad de eludir la persecución.


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