El Corsario Negro

El Corsario Negro

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La chalupa de los españoles se había detenido cerca del pequeño promontorio para embarcar a los dos marineros, que gritaban como condenados; los filibusteros aprovecharon aquel momentáneo retraso para ganar otros cien metros.

Desgraciadamente, las voces de alarma llegaron hasta las orillas meridionales del islote. Los disparos de los dos marineros no habían sido confundidos con los que resonaban en la cumbre del monte, y muy pronto se dieron cuenta de lo sucedido.

Los fugitivos apenas se habían distanciado unos cien metros. Las otras dos chalupas, una de las cuales era bastante grande e iba armada con una pequeña culebrina, se lanzaron tras ellos.

—¡Estamos perdidos! —exclamó involuntariamente el Corsario—. ¡Amigos, preparémonos para vender cara nuestra vida!

—¡Mil truenos! —exclamó Carmaux—. ¿Tan pronto se ha cansado la buena suerte? ¡Pues bueno, sea! ¡Pero antes de morir enviaremos a algunos delante de nosotros al otro mundo!

Así diciendo soltó los remos y empuñó el arcabuz. Las chalupas, precedidas por la más grande, que tripulaba una docena de hombres, se encontraba ya a unos trescientos pasos y avanzaban con furia.

—¡Rendíos u os echamos a pique!


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