El Corsario Negro
El Corsario Negro Una luz blanca, que se tornaba rápidamente en roja hacia la costa occidental del lago, invadÃa el cielo y teñÃa las aguas con reflejos rojizos anunciando un dÃa magnÃfico.
El Olonés y el Corsario dirigieron la mirada hacia una montaña que se alzaba frente a ellos, y en la cual veÃanse dos grandes fuertes, y detrás de ellas se extendÃan grupos de viviendas de blancas paredes y una informe aglomeración de techos y cabañas.
El Olonés arrugó el entrecejo.
—¡Por los arenales de Olona! —exclamó—. ¡Va a ser cosa muy seria asaltar esos fuertes sin artillerÃa y sin escalas! ¡Será preciso hacer prodigios de valor, o si no, nos darán tal zurra, que nos quitarán por mucho tiempo la gana de volver a inquietar a los españoles!
—Tanto más, cuanto que el camino de la montaña ha quedado intransitable, Pedro —dijo el Corsario—. Lo han cortado. Desde aquà veo las baterÃas y las empalizadas, las cuales tendremos que acometer bajo el fuego de los cañones de los fuertes.
—Y además aquel pantano que nos corta el paso, y que nos obligará a construir puentes volantes. ¿No lo ves?
—SÃ, Pedro.