El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Ya tengo mi plan! Encargaos de tener distraídos a los españoles, y déjame a mí hacer lo demás. ¡Si dentro de tres horas no está Gibraltar en poder nuestro, dejaré de ser el Olonés! ¡Abracémonos, caballero, por si acaso no volvemos a vernos en esta vida!

Ambos formidables corsarios se estrecharon afectuosamente, y a los primeros rayos del Sol descendieron de la colina.

Los filibusteros habían acampado momentáneamente en las lindes de la selva, ante las lagunas que les habían impedido avanzar, y en cuyo extremo y sobre un montículo aislado vieron un pequeño reducto defendido por dos cañones.

Carmaux, Wan Stiller y algunos otros quisieron apreciar la solidez que ofrecía aquel fango; pero en el acto se hicieron cargo de que no era cosa de fiar en él, pues cedía bajo la presión de los pies, amenazando con engullirse a cuantos se hubieran atrevido a caminar por allí.

Aquel obstáculo imprevisto, que miraban como insuperable, además de los otros a los cuales había que hacer frente en la llanura, y, por último, en la montaña, antes de llegar hasta el pie de los fuertes, enfrió el entusiasmo de no pocos; pero, sin embargo, ninguno se aventuró a hablar de retirada.


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