El Corsario Negro

El Corsario Negro

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A pesar de hallarse cansadísimos, todos emprendieron con brío la ascensión por la montaña, abriéndose paso con gran fatiga por entre la maleza y las raíces de los árboles.

Entretanto, retumbaba en la cumbre la artillería de los fuertes. Los españoles debían de haber descubierto la banda del Olonés y se preparaban tal vez a una defensa desesperada.

Los filibusteros del famoso Corsario contestaban con una gritería ensordecedora, quizás para hacer creer al enemigo que eran más de los que eran en realidad. Como no tenían fusiles, trataban de asustar con sus gritos a los defensores de los fuertes.

Hasta el pie de la montaña y por todas partes llegaban y corrían las balas de los cañones gruesos. Aquellos grandes proyectiles de hierro señalaban su paso con fragorosos crujidos, derribando árboles seculares, que venían al suelo con enorme estrépito.

Apresurábanse el Corsario Negro y sus hombres para reunirse con el Olonés antes de que este comenzara el ataque contra los fuertes. Como hubiesen encontrado un sendero abierto entre los árboles, en menos de media hora llegaron casi a la cumbre, donde se hallaba ya la retaguardia del Olonés.

—¿Dónde está el jefe? —preguntó el Corsario.

—En la linde del bosque.

—¿Ha comenzado el asalto?


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