El Corsario Negro
El Corsario Negro Los efectos de aquella descarga fueron desastrosos; las primeras filas de corsarios rodaron por tierra, mientras que las otras, aterradas, retrocedÃan precipitadamente, a pesar de los gritos de sus jefes, que los estimulaban a avanzar.
Algunos pelotones trataron de reorganizarse; pero una segunda descarga los obligó a seguir al grueso de la tropa, que se replegaba en desorden hacia el bosque para repasar la laguna.
Pero el Corsario Negro no los siguió. Reunió en derredor suyo diez o doce hombres, entre los cuales estaban Carmaux, Van Stiler y el negro, y se metió por entre algunas espesuras y grupos de árboles que flanqueaban la linde de la llanura; y realizando una rápida marcha, pudo rebasar el campo de tiro del reducto, llegando con facilidad al pie de la montaña.
Apenas habÃa desaparecido entre el bosque, cuando oyó retumbar en la cumbre la artillerÃa gruesa de los fuertes de Gibraltar y resonar los gritos de los filibusteros.
—¡Amigos! —gritó—. ¡El Olonés se dispone a dar el asalto a la ciudad! ¡Adelante mis valientes!
—¡Vamos a tomar parte en la otra fiesta! —dijo Carmaux—. ¡Es de esperar que esta sea más animada, y también más afortunada!