El Corsario Negro
El Corsario Negro No era un simple terraplén; era un verdadero reducto, defendido con fosos, empalizadas y muros, en los que se veÃan ocho cañones que seguramente, vomitarÃan torrentes de metralla.
El Corsario Negro y el Vasco titubearon.
—¡Ese sà es un hueso bien duro de roer! —dijo Miguel al Corsario—. ¡No va a ser fácil atravesar la llanura bajo el fuego de esas piezas!
—Sin embargo, no podemos volver atrás, precisamente ahora que el Olonés estará ya cerca de los fuertes. ¡Se dirÃa que habÃamos tenido miedo, Miguel!
—Si por lo menos tuviéramos algunos cañones…
—Los españoles han clavado los de la baterÃa que les hemos cogido. ¡Arriba al asalto!
Sin mirar siquiera si le seguÃan o no, el intrépido Corsario se lanzó por la llanura con la espada en la mano corriendo hacia el reducto.
En un principio vacilaron los filibusteros; pero viendo que detrás del Corsario se habÃan lanzado también el Vasco, Carmaux, Wan Stiller y el negro, se precipitaron a su vez, animándose con ensordecedores gritos.
Los españoles del reducto los dejaron acercarse hasta la distancia de mil pasos, y en seguida pusieron fuego a las piezas cargadas de metralla.