El Corsario Negro
El Corsario Negro Al parar los primeros golpes, el aventurero se hizo cargo en seguida de que tenía delante un adversario formidable, decidido a matarle al primer golpe falso que tirase, y ponía en juego todos los recursos de la esgrima para parar la granizada de estocadas que le caía encima.
Pero aquel hombre no era un espadachín cualquiera. De elevada estatura, grueso y robusto, de pulso firme y vigoroso brazo, podía oponer una larga resistencia, y se veía que no se cansaría fácilmente.
Sin embargo, el Corsario, esbelto, ágil, de mano rápida, no le dejaba un momento de tregua, como si temiese que se aprovechara del más pequeño descanso para hacerle traición.
Su espada le amenazaba constantemente, obligándole a continuas paradas. La brillante punta relampagueaba por todas partes, batía el hierro del aventurero, arrancándole chispazos, y se iba a fondo con una velocidad tan grande, que lo desconcertaba.
Al cabo de dos minutos, y a pesar de su fuerza, poco menos que hercúlea, el aventurero comenzó a soplar y a romper. Se sentía casi imposibilitado para contestar a todos los ataques del Corsario, y había perdido la calma. Comprendía que su vida corría grave peligro y que podía concluir por ir de veras a hacer compañía a los ahorcados de la plaza de Granada.