El Corsario Negro
El Corsario Negro En cambio, el Corsario parecÃa que acababa de desenvainar la espada.
Saltaba hacia adelante con una agilidad de jaguar, acometiendo siempre al enemigo con vigor creciente: Únicamente denunciaba su cólera la mirada ardiente y sombrÃa que brillaba en sus ojos.
No los apartaba ni un solo instante de los de su adversario, cual si pretendiera fascinarle y turbarle. El cÃrculo de los espectadores se habÃa abierto para dejar sitio al aventurero, el cual seguÃa retrocediendo y acercándose a la pared. Carmaux, siempre en primera fila, comenzaba a reÃr, previendo el final de aquel encuentro terrible.
De pronto, el aventurero se encontró con el muro; palideció, y gruesas gotas de sudor inundaron su frente.
—¡Basta! —dijo con voz anhelante y ronca.
—¡No! —dijo el Corsario con acento siniestro—. ¡Mi secreto tiene que morir contigo!
El adversario intentó un ataque desesperado. Se agazapó cuanto pudo, y en seguida se lanzó sobre su enemigo, asestándole tres o cuatro estocadas, una tras otra.
El Corsario, firme como una roca, las paró con igual rapidez.
—¡Ahora voy a clavarte en la pared! —le dijo.
Loco de espanto, el aventurero, comprendiendo ya que estaba perdido, empezó a gritar:
—¡Socorro! ¡Es el Cor…!