El Corsario Negro
El Corsario Negro Llevaban cubierta la cabeza con amplios sombreros, agujereados en varias partes, y cuyas alas aparecÃan rotas y como dentelladas; unas camisas de franela, rasgadas, descoloridas y sin mangas, medio les resguardaban el robusto pecho, y ceñidas a la cintura llevaban fajas rojas, reducidas a miserable estado, pero que sostenÃan un par de aquellas grandes y pesadas pistolas que se usaban en los últimos años del siglo decimosexto. No menos desgarrados tenÃan los calzones, y en las pantorrillas y los pies desnudos mostraban manifiestas señales de haber caminado por lugares fangosos.
Aquellos dos hombres, al ver ante ellos la gran sombra que se destacaba sobre el sombrÃo azul del horizonte y entre el cabrilleo de las estrellas, cambiaron entre sà una mirada de inquietud.
—¡Carmaux, mira bien —dijo el que parecÃa más joven—; tú tienes mejor vista que yo! ¡Se trata de la vida o de la muerte!
—Veo que es un gran barco; y aun cuando no está más que a una distancia de tres tiros de pistola, no sé decir si viene de las Tortugas o de las colonias españolas.
—¿Serán amigos? ¡Hum! ¡Atreverse a venir hasta aquÃ, casi al alcance de los cañones de los fuertes y corriendo el peligro de encontrar alguna escuadra de navÃos de alto bordo, de los que escoltan los galeones cargados de oro!
