El Corsario Negro
El Corsario Negro —Sean quienes fueren, nos han visto, Wan Stiller, y no nos dejarán escapar. Si lo intentásemos, bastarÃa con un metrallazo para que nos enviasen a presencia de Belcebú.
La misma voz de antes, potente y sonora, volvió a resonar por segunda vez y entre las tinieblas, yendo a perderse su eco en las aguas del gran Golfo:
—¿Quién vive?
—¡El Diablo! —murmuró el llamado Wan Stiller.
En cambio, su compañero se subió en uno de los bancos, y con toda la fuerza de sus pulmones gritó:
—¿Quién es el audaz que quiere saber de dónde venimos? ¡Si tanta curiosidad tiene, que venga junto a nosotros, y se lo diremos a pistoletazos!
Esta baladronada, en lugar de incomodar al que los interrogaba desde la cubierta del barco, pareció complacerle, porque contestó:
—¡Avancen los valientes, y vengan a abrazar a los hermanos de la costa!
Los dos hombres de la canoa lanzaron un grito de alegrÃa.
—¡Los hermanos de la costa! —exclamaron.
En seguida, Carmaux añadió:
—¡Que me trague el mar si esa voz que nos ha dado tan buena noticia no es una voz conocida!
