El Corsario Negro
El Corsario Negro Ya en medio de la plaza, el Capitán se detuvo ante un ajusticiado vestido de rojo.
Al verle, el Corsario lanzó un grito de horror.
—¡Los malditos! —exclamó.
Su voz, que parecía el lejano rugido de una fiera, quedó ahogada por un sollozo desgarrador.
—¡Señor —dijo Carmaux, conmovido—, haceos fuerte!
El Corsario hizo una seña con la mano, señalándole el ahorcado.
—¡En seguida, mi Capitán! —contestó Carmaux.
El negro trepó por la horca, llevando sujeto con los dientes el cuchillo del filibustero. De un tajo cortó la cuerda, y en seguida fue dejando caer poco a poco el cadáver.
Carmaux se colocó debajo. Aun cuando la putrefacción comenzaba a descomponer las carnes del Corsario Rojo, el filibustero le cogió entre los brazos con gran delicadeza y le envolvió en el negro ferreruelo que le alargaba el Capitán.
—¡Vámonos! —dijo el Corsario, lanzando un suspiro—. ¡Nuestra misión ha terminado, y el Océano espera los despojos del valiente!