El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El negro cogió el cadáver, lo cubrió cuanto pudo con la capa, y en seguida los tres salieron de la plaza, tristes y taciturnos. Al llegar al extremo de ella, el Corsario se volvió para mirar por última vez a los catorce ahorcados, cuyos cuerpos se destacaban lúgubremente entre las tinieblas, y dijo con voz opaca:

—¡Adiós, valientes y desgraciados; adiós, compañeros del Corsario Rojo! ¡Los filibusteros vengarán muy pronto vuestra muerte!

Y clavando los ojos en el palacio del Gobernador, que se agigantaban en el fondo de la plaza:

—¡Entre tú y yo, Wan Guld, está la muerte! —dijo con acento sombrío.

Se pusieron en camino, apresurándose a salir de Maracaibo para llegar al mar y volver a bordo de su barco. Ya nada tenían que hacer en aquella ciudad, en cuyas calles no estaban seguros después de lo ocurrido.

Habían recorrido tres o cuatro callejas desiertas, cuando Carmaux, que iba delante, creyó distinguir algunas sombras, como ocultas en la oscura arcada de una puerta.

—¡Despacio! —murmuró, volviéndose hacia sus compañeros—. ¡Si no me he vuelto ciego, allí hay gente que me parece que espera!

—¿En dónde? —preguntó el Corsario.

—¡Allá abajo!

—¿Serán quizá los hombres de la posada?


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