El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Ah, tiburones! ¿Serán, en efecto, los cinco vascos con sus navajas?
—¡Cinco no son demasiado para nosotros, y les haremos pagar cara la emboscada! —dijo el Corsario, desenvainando la toledana.
—¡Y un sable de abordaje puede más que sus navajas! —agregó Carmaux.
Tres hombres envueltos en grandes capas se destacaron del ángulo de un portón obstruyendo la acera de la derecha, en tanto que otros dos, que habÃan estado ocultos detrás de un carro abandonado, cerraban la salida de la izquierda.
—¡Son los cinco vascos —dijo Carmaux—; veo relucir las navajas en los cinturones!
—¡Tú te encargas de los dos de la izquierda, y yo, de los tres de la derecha —dijo el Corsario—; y tú, Moko, echa a andar con el cadáver, y nos esperas en las lindes del bosque!
Los cinco vascos se habÃan quitado las capas, y doblándolas en cuatro dobleces, se las colocaron en el brazo izquierdo. En seguida abrieron las largas navajas, de punta aguda como las de las espadas.
—¡Ah, ah! —dijo el que habÃa recibido el empujón de Carmaux—. ¡Por lo visto, no nos hemos equivocado!
—¡Paso! —gritó el Corsario, que se habÃa puesto delante de sus compañeros.