El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Despacito, caballero! —dijo el vasco, avanzando.
—¿Qué es lo que quieres?
—¡Satisfacer una ligera curiosidad!
—¿Cuál?
—¡Saber quién sois!
—¡Un hombre que mata a quien le incomoda! —contestó con fiereza el Corsario, avanzando con la espada desnuda.
—¡Entonces, caballero, le diré que no somos hombres que tengamos miedo a nadie, y que no nos dejaremos matar como aquel pobre diablo a quien habéis clavado en el muro! ¡El nombre, vuestros tÃtulos, o no salÃs de Maracaibo! ¡Estamos al servicio del señor Gobernador, y tenemos que dar cuenta de las personas que pasean por las calles a horas tan avanzadas!
—¡Si queréis saberlo, venid a preguntarme aquà cómo me llamo! —dijo el Corsario, poniéndose en guardia velozmente—. ¡Tú, con los dos de la izquierda, Carmaux!
El filibustero habÃa desenvainado el sable de abordaje, y se dirigió resueltamente contra los dos adversarios, que le cerraban el paso por el lado izquierdo.