El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario hizo un signo afirmativo con la cabeza, pero sin despegar los labios. Seguía mirando al africano, el cual se deslizaba por el suelo como una serpiente, acercándose con lentitud al palacio del Gobernador.

En aquel momento, el soldado se alejaba del ángulo, dirigiéndose hacia el portalón. Llevaba una alabarda, y del cinto le pendía una espada.

Al ver que le volvía la espalda, Moko se deslizó con mayor rapidez, llevando en la mano el lazo. Así que estuvo a diez o doce pasos, se levantó rápidamente, hizo voltear en el aire la cuerda dos o tres veces, y en seguida la lanzó con mano firme.

Se oyó un ligero silbido, en seguida un grito ahogado, y el soldado rodó por tierra, dejando caer la alabarda y agitando desesperadamente piernas y brazos.

Dando un salto de león, Moko se le echó encima. Amordazarle fuertemente con la faja roja que llevaba a la cintura, atarle bien y llevárselo como si se tratara de un niño, fue obra de pocos instantes.

—¡Aquí está! —dijo, echándole rudamente a los pies del Capitán.

—¡Eres un valiente! —respondió el Corsario—. Átale a ese árbol y sígueme.

El negro, ayudado por Carmaux, obedeció, y en seguida fueron a reunirse con el Corsario, que examinaba uno por uno a los ahorcados, que se mecían impulsados por la brisa.


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