El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Sm embargo, en cuanto vieron que el negro se alejaba con el cadáver, volvieron a cargar furiosamente, deseosos de acabar antes de que cualquier ronda, atraída por el ruido de los hierros, llegara en socorro de los vascos.

El Corsario, cuya espada era mucho más larga que las navajas, y cuya habilidad en la esgrima era también extraordinaria, podía arreglárselas bastante bien; no así Carmaux, que se veía obligado a estar siempre en guardia, a causa de que su sable era demasiado corto.

Luchaban con furor los siete hombres, pero sin lanzar un grito, atentos todos a parar y tirar tajos y estocadas. Ya avanzaban, ya retrocedían, ora saltaban a la derecha, ora a la izquierda, batiendo con fuerza los hierros.

De pronto el Corsario, al ver que uno de sus tres adversarios perdía el equilibrio, daba un paso en falso, y se descubría el pecho, se tiró a fondo con la rapidez del relámpago.

La hoja le tocó, y el hombre cayó sin lanzar ni un gemido.

—¡Uno! —dijo el Corsario, revolviéndose sobre los otros—. ¡Dentro de pocos momentos tendré también vuestro pellejo!


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