El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Ambos vascos, a quienes no atemorizaba lo sucedido, siguieron firmes, haciéndole frente sin dar un paso atrás. De improviso, el más ágil se le fue encima inclinándose hasta tocar el suelo, y adelantando el serapé con que se resguardaba el brazo, hizo ademán de tirarle un golpe bajo, que si le alcanza le abre el vientre; pero en seguida se irguió, y apartándose bruscamente, intentó darle el tajo mortal del desjarretazo.

Con la misma rapidez, el Corsario se echó a un lado y partió a fondo; pero su espada quedó embotada en el serapé del valiente.

Intentó volver a la guardia para parar los golpes que le tiraba el otro vasco, cuando, de pronto, lanzó un grito de rabia.

La hoja de su espada saltó por la mitad, rota en el brazo del hombre que pretendió tirarle el desjarretazo. Dio un salto atrás, agitando el trozo de espada y gritando:

—¡A mí, Carmaux!

El filibustero, que todavía no había podido deshacerse de sus adversarios, aun cuando los había obligado a retroceder hasta la esquina de la calle, se le reunió en tres saltos.

—¡Por mil tiburones! —gritó—. ¡Este sí que es un apuro! ¡Felices seremos si logramos quitarnos de encima esta traílla de perros rabiosos!


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