El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Tenemos en nuestra mano la vida de dos de esos bribones! —contestó el Corsario, amartillando precipitadamente la pistola que llevaba al cinto.
Iba a hacer fuego sobre el más próximo, cuando vio que encima de los cuatro vascos, que se habÃan reunido y que ya creÃan segura la victoria, caÃa una sombra gigantesca.
Aquel hombre que llegaba tan oportunamente tenÃa en las manos un gran garrote.
—¡Moko! —exclamaron a un tiempo el Corsario y Carmaux.
En vez de contestar, el negro levantó el palo y empezó a descargar garrotazos sobre los adversarios, con tal furia, que los desgraciados rodaron por tierra en un abrir y cerrar de ojos, unos con la cabeza rota y otros con las costillas hundidas.
—¡Gracias, compadre! —dijo Carmaux—. ¡Mil rayos! ¡Qué granizada!
—¡Huyamos! —dijo el Corsario—. ¡Aquà ya no tenemos nada que hacer!
Despertados por la griterÃa de los heridos, algunos vecinos comenzaban a abrir las ventanas para ver qué sucedÃa.
Los dos filibusteros y el negro, desembarazados ya de los cinco asaltantes, volvieron a escape la esquina de la calle.