El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Dónde has dejado el cadáver? —preguntó el Corsario al africano.
—¡Ya está fuera de la ciudad! —contestó el negro.
—¡Gracias por tu socorro!
—Pensé que mi intervención podrÃa serles útil y me apresuré a volver.
—¿Has visto a alguien en los arrabales?
—No he visto a nadie.
—¡Entonces, apresurémonos a batir retirada antes de que lleguen otros enemigos! —dijo el Corsario.
Iban a emprender la marcha, cuando Carmaux, que se habÃa adelantado para registrar una calle lateral, volvió rápidamente atrás, diciendo:
—¡Capitán, ahà viene una patrulla!
—¿Por dónde?
—¡Por aquella calleja!
—¡Nos iremos por otra! ¡Armas en mano, mis valientes, y adelante!
—¡Pero vos, mi Capitán, vais sin armas!
—Pues ve a quitarle la navaja al vasco que maté. ¡A falta de otra, buena es esa!
—Con vuestro permiso, me atrevo a ofreceros mi sable, Capitán; yo se manejar esos cuchillos.
El valiente marinero alargó al Corsario su propio sable, retrocedió y recogió la navaja de uno de los vascos, arma formidable también en sus manos.