El Corsario Negro
El Corsario Negro La ronda se aproximaba a toda prisa. Probablemente, habrÃa oÃdo los gritos de los combatientes y el chocar de los aceros, y se apresuraba a acudir al lugar de la lucha.
Los filibusteros, precedidos por Moko, echaron a correr, siempre arrimados a los muros de las casas. Apenas recorrieron ciento cincuenta pasos, cuando oyeron el andar cadencioso de otra patrulla.
—¡Truenos! —exclamó Carmaux—. ¡Van a cogernos en medio!
El Corsario Negro se detuvo, empuñando el corto sable del filibustero.
—¿Nos habrán hecho traición? —murmuró.
—¡Capitán —dijo el africano—, veo avanzar hacia nosotros ocho hombres armados con alabardas y mosquetes!
—¡Amigos —dijo el Corsario—, aquà se trata de vender cara la vida!
—¡Diga, Comandante, lo que hay que hacer, pues estamos dispuestos a todo! —contestaron el filibustero y el negro, con acento resuelto.
—¡Moko!
—¡Patrón!
—A ti te confÃo el encargo de llevar a bordo el cadáver de mi hermano. ¿Serás capaz de hacerlo? ¡En la playa encontrarás la chalupa! ¡Ponte en salvo, juntamente con Wan Stiller!